Tenía la mirada perdida en la los vagones del metro que arribaban a la estación Mixcoac. El tablero que luce variedad de anuncios llamó mi mirada. De pronto pasé de la espera inerte a la lectura enjundiosa de anuncios de cursos de francés y convocatorias para premios de literatura. Todos habían pasado ya. Seguí leyendo para no sentir el paso de los minutos y no agobiarme por el retraso de mis colegas universitarios a la cita acordada. Fue entonces cuando vi un cartel que presumía la XI Feria de la Barbacoa. Me fijé en la imagen de un borrego que saltaba tiernamente en una pradera. A su lado, esplendorosas se encontraban dos fotografías de la barbacoa como protagonista del evento. A pesar de la imagen casi melancólica del pequeño animal saltarín, mi antojo fue más grande y surgieron en mí las ganas de buscar la famosa feria.
Lo comenté a mi compañera de necedades, es decir, Jema. Con quien compartía cuarto en un departamento cerca de Ciudad Universitaria. Nuestras salidas se limitaban a las noches de tacos al dos por uno en una esquina de la avenida y a los recorridos matutinos del metro a la facultad de Ciencias Políticas, así que emocionadas decidimos ir hasta Xochimilco, donde según recordaba, sería la feria, pensando en conocer nuevos lares de la ciudad.
Mi memoria no era de fiar y no estaba segura del lugar exacto. Pero Juan, uno de mis colegas que también vio el cartel aseguró que sería en el centro de Xochimilco. Su responsabilidad escolar y su aire de poeta juvenil me hicieron confiar en su palabra.
El trayecto comenzó en un congestionado camión, de esos grandotes y ruidosos que nos llevaba por periférico y al mismo tiempo por un camino de variedad de olores que se asomaba en cada parada y en cada corriente de aire que se colaba por las ventanas. No me pareció tan extraño gracias a mis constantes viajes en metro y mis añejas experiencias en transportes rurales. Pero el calor que en el mes de mayo azotaba la ciudad agrandó el espesor de mi incomodidad.
El tumulto de gente que se adueñaba de los asientos, de las puertas y de los tubos evitaba que mis ojos alcanzaran a ver dónde estábamos. Lo más lejos que llegaba mi visión era con la mujer que intentaba hacerle plática a un desconocido que tenía más cara de querer callarla que de corresponder a sus comentarios sobre el clima. Al girar un poco la mirada me encontré con una pareja de novios que por el trato que mostraban, noté que no llevaban más de unas horas de feliz noviazgo.
Despistadas seguíamos en el camino, hasta que un joven hablando por celular indicó que estaba en la Glorieta de Vaqueritos. Entonces emprendimos la huida en medio de brazos estirados, ropa pegada al cuerpo producto de la sudoración y bolsas que cerraban cualquier salida rápida. A punto de dar el salto hacia la libertad fuera de la unidad y frente a la puerta, ésta se cerró de golpe y de inmediato un generalizado grito de “bajan” inundó el ambiente. Vino el frenón y agradecí a los que tenía cerca. Con Jema me puse a salvo de la muchedumbre en la solitaria banqueta.
Cuando faltaban sólo unos minutos para llegar el centro de Xochimilco, mi imaginación comenzó a hacer su chamba y logró que pudiera escuchar la música de banda, el olor de la barbacoa recién cocinada y las salsas picantes que posadas en molcajetes esperarían ansiosas para adornar mi humeante taco. Sonreí.
Al llegar me di cuenta que no había nada extravagante además del acostumbrado mercado. En la explanada, los puestos de plátanos fritos y papas perfumaban el ambiente. Nada que hubiera cerca parecía una feria, mucho menos la XI Feria de la Barbacoa con el tierno borreguito en el cartel. Me asusté y decepcioné al mismo tiempo. Jema también estaba preocupada por no ver nada parecido a lo que buscábamos.
Una joven con la ropa y la cara sucia vendía chicles y cigarros cerca del quiosco y nos dijo que no había ninguna feria. Pero mi necedad y la seguridad de que no había alucinado aquel cartel y que el tierno borreguito no era producto de mis desvelos me llevaron a recurrir a los amigos y a no desistir en la meta de encontrar el lugar donde podría saciar mi hambre que para esas horas ya contaba con la ausencia del almuerzo y de la comida.
Una compañera de la escuela me explicó cómo podía llegar a un módulo de turismo para que me informaran sobre las actividades de la delegación en ese momento. Cuando Jema y yo llegamos al dichoso módulo recobramos la esperanza casi abatida por las palabras de la vendedora de chicles. El encargado nos dio un cartel y un croquis que imprimió de la página de internet del evento y nos explicó cómo llegar, pues resultó que nuestra ya querida feria convertida en obsesión era en Santiago Tepalcatlalpan, a quince minutos de Xochimilco.
Mi hambre retrasada se había convertido en dolor de cabeza y sin embargo no podía rendirme y comer unos tristes tacos de suadero cuando la gloria estaba tan cerca de mi alcance. Sólo quince minutos nos separaban del paraíso, así que decidimos aguantar un poco más con tal de probar aquellos manjares prometidos al lado del borrego saltarín.
Tomamos la micro adecuada. Le indicamos al chofer que íbamos a la feria y amablemente nos bajó en el lugar preciso señalando hacia dónde debíamos caminar. “Pasan dos topes y luego se ve el lienzo charro”. Sonrientes y con un aire triunfal caminamos de acuerdo a las instrucciones del conductor. Cuando llegamos al casi idolatrado lienzo charro se borró nuestra cínica sonrisa, pues en lugar de feria había un solitario espacio, con el viento levantando el polvo y restos de basura.
Jema y yo nos miramos preguntándonos qué proseguía. Regresamos al lugar donde nos dejó la micro, caminamos una vez más por el mismo sendero como si haciéndolo de nuevo se fuera a corregir nuestra desgracia y por arte de magia aparecieran las ollas llenas de barbacoa enterradas en hoyos. Por supuesto no sucedió y cambiamos el rumbo. Preguntamos a una señora que vendía dulces en la calle y con sus señas nos regresaba al mismo lienzo charro abandonado por la vida. Así que hicimos oídos sordos y nos acercamos a una verdulería en la que su dueña nos envió a la iglesia pensando que quizá ahí sería nuestro perseguido evento, aunque ella dijo no saber de ninguna feria y menos de la barbacoa.
No bajamos los brazos y aunque mi hambre y el dolor de los pies me decían no camines más, mi voluntad y mi orgullo herido y engañado por un cartel mal hecho hicieron que insistiera en nuestra inútil búsqueda.
Llegamos a la iglesia que en su fachada lucía los restos de algunos puestos que parecían haber protagonizado una vendimia horas atrás. Me sentí defraudada por mí misma, cómo era posible que una feria fantasma se burlara de mi y de mi sagrada hambre. Volvimos a preguntar a un anciano de una tienda de abarrotes. Tampoco sabía nada de nuestro evento y con su ayuda nos mandó de regreso al lienzo charro solitario. Fue entonces cuando después de mucho luchar contra el destino, de pelearme a golpes con los juegos sucios de la vida que no quiso que degustara mi platillo favorito, me di por vencida y decidí con Jema que debíamos regresar y buscar un lugar decente dónde comer en Xochimilco.
Tomamos la micro y cuando salíamos del pueblo vi a lo lejos unos templetes y varias filas de coches, ansiosa pensé que eso era lo que buscábamos y que al joven del módulo turístico le faltó hacer hincapié en que nuestra feria estaba justo al lado de Prepa 1. De pronto me sentí triste pero ya no me quedaban ganas de intentarlo una vez más con la posibilidad de volver a fracasar. Me acomodé en el asiento y decidí resignarme.
Sentadas una frente a la otra, Jema y yo comíamos los tristes tacos de suadero en una taquería del mercado de Xochimilco. Al final del día, los fantasmas gastronómicos se rieron de nuestra necesidad. La Ciudad de México está llena de espectros y yo nunca olvidaré aquel viernes de visita a la Feria Fantasma de la Barbacoa 2011.


Excelente crónica Adrianelly. Te felicito!