Abrió los ojos de golpe. El sueño se esfumó tras recordar entre fantasías el perfume que una mujer dejó impregnado en su piel una noche de luna menguante. Hacía tantos ayeres que la vio marchar y sólo conservaba de ella el olor de su esencia, el perfume que lo acompañaría cada noche entre sueños.
Alfonso seguía recostado en la cama entre sábanas de lino. Llevó sus manos al rostro y quiso olvidar el pasado. Despeinó sus cabellos con la yema de sus dedos. Pensó en ella, en Malena y sus ojos negros de mujer inolvidable. Quiso despertar del letargo al que entró con la madrugada tras varios tragos de licor y canciones de amor que salían del tocadiscos. Se sintió perdido.
El olor a petróleo que invadía la ciudad le provocó náuseas. Encendió la lámpara que yacía en el buró lleno de polvo y papeles amarillos por el tiempo. En medio de ellos sobresalía la nota que con tinta roja ella le había escrito un día antes de abandonarlo. “El reloj marca la hora en que debo marchar, he perdido la luz a tu lado… me voy a Azerbaijan, la tierra donde me esperan.”
Suspiró hondo, como si al leer aquellas palabras pudiera escuchar su voz y apreciar su perfume, el que lo embriagaba cada que se acercaba a su nuca y la acariciaba con la respiración haciéndola estremecer. Seguía borracho, pero no de aquel olor, ahora los efectos eran por el alcohol.
Se quedó sentado en la orilla de la cama, descansó los brazos sobre sus piernas y agachó la cabeza, miró el piso de madera que rechinaba por los pasos de los vecinos. Levantó la cara y con la mirada alcanzó la maleta que aguardaba escondida tras la bandera de su país, recuerdos de viejos años de anarquía estudiantil se encontraban en el lienzo.
Tres años habían muerto desde su partida. El rostro de Alfonso se perdió entre la barba larga y sus noches se ahogaron en cantinas y coito de prostíbulos. Caminaba siempre con una mano en el bolsillo, acariciando los aretes que abandonados quedaron bajo la almohada. Ellos y el perfume de su piel se habían convertido en la Malena del presente y en la locura más profunda de él.
Esa tarde ella llevaba el cabello suelto. Una orquídea le daba vida al negro espeso de su melena. La arena caliente de la playa quemaba sus pies descalzos y la hacía saltar al caminar. Su cuerpo de sirena mágica se adentró en el mar. Alfonso sintió como su corazón transformado en tigre daba zancadas para alcanzarla y rodear su cintura. Se imaginó besándola en medio de las olas. Quedó hechizado.
De aquel día no quedaban más que imágenes borrosas y distantes. Una pastilla de euforia le aliviaba el dolor del corazón en las noches de soledad y el alcohol ahogaba los recuerdos, pero la música los regresaba.
Caminaba por el malecón de Costa Lejana, su ciudad. El cigarrillo en la boca, una camiseta blanca desgastada y triste como su rostro y unos pantalones que perdieron la intensidad del color azul original eran sus acompañantes diarios. Se quedaba horas mirando el mar y su azul transparente, la brisa siempre le hacía llegar el perfume de Malena.
Por las noches regresaba al cuarto que abandonaba todo el día para vagar por las calles donde alguna vez caminó de la mano con aquella enigmática mujer que se llevó entre el equipaje su alma. Un día pasó frente al parque donde se comieron a besos una tarde lluviosa. Ella quiso mecerse en un columpio, él cumplió su deseo y los dos cuerpos empapados rieron bajo la tempestad de agosto.
Al llegar a la puerta de su edificio lo golpeó el balón de futbol con el que jugaban los vecinos en la calle. Pareció no sentir el contacto. Entró sin decir nada a los agresores. La comida en el microondas lo esperaba. La calentó por rutina y se dispuso a comer. Afuera sonaba la música de un flautín, sintió ganas de salir y callarlo, no era tiempo para música alegre, pero no encontró fuerzas para hacerlo. Volvió a sentir su perfume. Hizo un esfuerzo por hacerlo a un lado.
El ladrido de un perro lo ayudó a apartar el recuerdo. Sonó el celular. Lo escuchó pero no lo hallaba, el desorden del cuarto lo impedía. En la mesa, escondido tras el plumero, que no había usado en años, estaba el teléfono. Vio la pantalla y encontró su fotografía parpadeando en la pantalla. Era ella.
Sintió miedo y ni siquiera supo por qué. Contestó. Escuchó el barullo del aeropuerto. Malena le habló. “No digas nada, sólo escucha. Si te dejé tanto tiempo fue para no acabar con tu vida como lo hice con la mía. Eres más de lo que yo merezco por eso te regalé la libertad. ¿Recuerdas la noche que por micrófono te pedí matrimonio en medio de la quermés? Me lo dictó el corazón. No me juzgues por mis actos y nunca dudes lo mucho que te amé, en esta y la otra vida lo haré. Pronto verás la luz que te dirá que estaré para siempre contigo porque nunca me fui. Te esperaré dondequiera que me encuentre…” Colgó.
Su garganta fue una trampa. Alfonso se quedó con las palabras muertas en ella. En su cabeza los pensamientos vagaban sin sentido. Se asomó por la ventana. El viento trajo consigo a una libélula que se posó en el cable que colgaba de un poste de luz. La miró fijamente. Quiso ser ella y no hacer nada más que dejarse guiar por las olas del viento. Al fondo, en el horizonte, donde el mar se encuentra con el cielo vio un destello. Era el avión de las cinco que se estrelló en las aguas. Ella se había ido para siempre.


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