El peor mal de la historia

sábado, 3 de diciembre de 2011
Hay tarros de cerveza fría, bailes bajo la lluvia, ataques de risa, goles que regalan campeonatos, besos largos que hacen real la eternidad, hay tardes de carne asada, noches estrelladas y luna llena, hay gotas de rocío en las hojas de los árboles, hay días de ver películas entre cobijas, agua de mar que moja los pies, cascadas que asombran, abrazos del mejor amigo… entonces… ¿para qué fregados enamorarse y acabar con las maravillas de la vida?
Cuando el cuerpo sufre los primeros síntomas de esta enfermedad, es importante actuar contra ella. Si la mirada cómplice que significa el primer paso ya sucedió, lo primero es mirar hacia cualquier lado, evadiendo a los ojos que con las peores artimañas intentan seducirlo. El parpadeo rítmico, el movimiento de las pupilas, la luz que emana de ellas y la intangible coquetería que innata vive en los ojos, son lar armas más peligrosas del primer encuentro. Un simple movimiento de cabeza servirá de escudo contra estos males.

Si no es posible evitar esto y nuestros pensamientos son ahora protagonizados por su mirada furtiva y su cadencioso caminar, entonces tome precauciones más fuertes. Distráigase. ¿Cómo? Haga papiroflexia, lea Rayuela de Julio Cortázar de todas las formas posibles, ordene su ropa por colores y sus libros alfabéticamente, si no cuenta con muchos ejemplares, mézclelos con libretas de apuntes, con discos musicales y películas, todo será bueno para acrecentar la cantidad. Limpie su casa, juegue Guitar Hero, vea la saga de Harry Potter o Pesadilla en la calle del infierno, pero todas las películas, resuelva o intente resolver acertijos matemáticos, en fin. Algo que en definitiva le absorba mucho tiempo y requiera dedicación.
Si aún después de hacer todo esto, la imagen del ser que para entonces aún es angelical, sigue en su cabeza y lo peor, si tiene en su poder su número telefónico, y está a punto de enviarle un inocente e indefenso mensaje que diga “Hola ¿cómo estás?”, surge un problema mucho mayor. Las medidas a tomar son aún más arriesgadas. Aléjese de la televisión o de cualquier lugar donde encuentre publicidad telefónica. “Número gratis”, “1.19 por minuto”, “Veinte números nacionales para hablar o mensajear”, “Los primeros cinco minutos son gratis”… todo eso son trampas de muerte. Aléjese en cuanto vea cualquiera de los anteriores o algún anuncio que se le parezca. Y lo más importante: agote su saldo. Sin él y sin ser expuesto a las anteriores ofertas no correrá ningún riesgo y evitará adicciones y obsesiones futuras.
Si es demasiado tarde y la publicidad azul, verde o roja de las diferentes compañías telefónicas ya hizo su chamba y está hasta las manitas en los diversos planes, no se preocupes, aún hay más medidas que poner en marcha.
Visite la sierra, viaje hasta los más recónditos lugares, piérdase en un escondido pueblo, recuerde siempre que no todo México es territorio azul y es ahí donde pueda evitarse que la enfermedad del amor se desarrolle, puede tener el virus pero mientras no haya nada que lo active, es inofensivo.
Si la mirada sigue en su mente, si ya es parte de sus números gratis y si por alguna extraña razón, por más que lo intente no puede alejarse, entonces hágale frente, pero mantenga la distancia y nunca baje la retaguardia.
Si al volverle a ver siente el otro gran síntoma del amor, es decir, el cosquilleo estomacal, temo decirle que la enfermedad está ganando la batalla. Pero no se alarme, aún hay solución. Mantenga la calma. Si sus manos se rozan sin querer, tome de inmediato lo primero que esté cerca, ya sea el tubo del autobús, el salero de la mesa donde comen, husmee en sus bolsillos como si algo se le hubiera extraviado o rásquese la cabeza, pero que sea natural, tampoco es bueno verse grosero, pero la cantidad de roces es directamente proporcional al aumento de la enfermedad, por ello hay que evitarlos.
Si los roces fueron demasiados, si ahora su mano (la de usted) se desliza sin razón sobre su cintura (de la otra persona), entonces todo se está yendo al caño, pues esa parte del cuerpo del otro significa intimidad y además el movimiento de la mano no es como el de cualquiera, lleva una intención venenosa y todos lo sabemos. Es cuando ya no se está luchando contra el padecimiento, más bien, se le permite que crezca.
Si el amor está creciendo y tomando fuerza, más que combatirlo debe lidiarse con él, así sin darse cuenta perderá solidez y su mente, cuerpo y economía se mantendrá a salvo. La mirada feroz le ganó, las llamadas y mensajes abundan en el día, los roces adquieren confianza… lo que sigue es el primer paso hacia la perdición: el beso.
Un beso puede ser placentero y a la vez inofensivo, todo depende de los sentimientos que se involucren, más bien, todo depende de que incluya o no sentimientos. Si los tiene, entonces está resbalando hacia el precipicio. Se perderá en sus labios, la oscuridad de los ojos cerrados lo llevará a la locura, podrá sentirse eterno y hasta inmortal. Usted está enfermo. Enfermo de muerte.
La mirada, los mensajes, las caricias, los besos. Lo perdimos. Pero siga sin preocuparse, mejor ocúpese, la enfermedad no dura mucho tiempo. El virus se irá sin correrlo y usted quedará limpio, el problema es que ese mismo virus se duplicó en usted y se quedó con la mitad. Ahora debe ocuparse en deshacerse de él, llevará tiempo, lágrimas, litros de alcohol, películas cursis, música que hable sobre el tema, horas y horas de terapia con el mejor amigo, muchos porqués de por medio, dedicatorias que nunca llegan y sobre todo, mucho valor.
Lamento decirle que no existe cura ni vacuna que lo prevenga. Pero con las acciones necesarias puede evitarse. Así que sabiendo lo anterior, y tomando en cuenta el desgaste físico, emocional y económico, vuelvo a preguntarle, ¿para qué se arruina la vida enamorándose?

0 comentarios:

Publicar un comentario