Distinguido candidato:
Le escribo no por presunción, sí con todo el derecho que me confiere ser ciudadano de esta república libre y soberana, por los impuestos que he pagado para sostener su campaña y por el respeto que usted, como posible representante del pueblo, me debe.
Recuerdo con melancolía mis primeras aventuras políticas. Siendo yo un mozuelo conocí lo que era subirse a una camioneta, aferrarme a sus tubos y viajar en caravana hasta la cabecera municipal para esperar el platillo de barbacoa de res, desparramado sobre un plato desechable, y un refresco que, para el calor que hacía en mi pueblo, estaba más caliente que el infierno.
Vi muchas veces a hombres que sostenían un papel y hablaban frente a un micrófono para repetir las mismas palabras: “Trabajaré por y para el pueblo”. Se me fue la infancia y con ella la inocencia. A los 18 hice el trámite para tener mi credencial de elector. Me sentí importante.
Convencido de tener en mis manos las riendas del país, acudí emocionado a votar por primera vez. La elección resultó ser un fraude, y más bien, fui yo el defraudado con la democracia de mi país. Con el alma herida y la convicción maltrecha, decidí no creer más en políticos.
Pero he escuchado sus palabras y reído sin querer por sus tropiezos cuando no ha sabido nombrar a sus autores predilectos, enfurecí cuando se mofó de “las señoras de la casa”, pero siempre busqué dentro de usted, ese algo que lo hace un político de primera, un estadista como dicen sus seguidores.
Le confieso que me he esforzado en el intento. Analizo sus gestos, tolero sus malas pronunciaciones, miro detenidamente el prominente cerro que se levanta en lo alto de su peinado, busco el porqué de su primer lugar en las encuestas. Me quedo sin respuesta.
A pesar de sus errores, yo, ciudadano mexicano lo había absuelto de sus pecados. Al igual que usted, yo tampoco me he acercado mucho a la lectura, entre mis hijos y el trabajo en la parcela, no me da tiempo ni de abrir el periódico local.
Pero cuando supe de su propuesta para crear mejores telenovelas durante su mandato, me quedé sin más cartas que jugarme en su defensa. ¿Qué hacer cuando usted cava su tumba? ¿Cómo no voltear hacia los otros candidatos cuando en su persona no encuentro más que desvaríos?
Sin ninguna intención de ofenderle, le aconsejo darse cuenta que su vida es de por sí una telenovela. Los mexicanos no queremos melodramas, sino leyes que nos protejan, no queremos la melcocha de historias rosas, sino libertad, no queremos actuaciones que ganen premios, sino hechos que hagan de este territorio un país mejor.
Recuerdo el enojo de mi madre cuando veía la afamada Cuna de Lobos y el divorcio de mis tíos, Almida y Rodolfo, porque ella se la pasaba hablando de Arturo Peniche y sus ojos color mar, cuando mi tío tenía los ojos oscuros y el cabello como alambre de púas enredado en la cabeza.
Como verá no guardo recuerdos gratos de las historias de amor televisadas, por eso, pese a mis esfuerzos por creer en su buena voluntad, desconfío de sus sonrisas congeladas frente a las cámaras, de su perfecta relación con “La Gaviota” y de su impecable traje sastre sin arrugas ni manchas. No creo en la gente perfecta, aunque usted dista mucho de esa concepción.
Me dirijo a su persona como un ciudadano que está preocupado por el destino de su país. Prefiero seguir teniendo más y más refritos de telenovelas latinoamericanas, y dedicar más dinero a la educación y menos a la corrupción, que apostarle el presupuesto del erario público a las producciones televisivas.
No necesito ser el hombre de la casa, ni mi esposa la señora de la misma, somos un matrimonio de mexicanos que a diario lucha por comer y al mismo tiempo ser feliz, sé cuánto cuesta la carne porque cada semana hago las cuentas y me percato que tal vez no me alcance para comprar ni un kilo de retazo.
Entiendo su ignorancia en cuanto a los precios de los alimentos básicos para nosotros, sus posibles futuros gobernados, porque conozco sus múltiples ocupaciones: firmando compromisos, repartiendo las pensiones para sus hijos fuera del matrimonio o maquillando las cifras de sus campañas publicitarias con las televisoras; pero aceptar que su carta fuerte es darle a México mejores telenovelas se me hace una grosería para quienes sabemos que nuestra realidad no se parece a la de María la del barrio o María Isabel.
Con todo el respeto señor candidato, le pido recapacite, deje de ser el protagonista de lo que, más que una telenovela, es una farsa que ni usted mismo puede sostener. Haga que mis amargas experiencias políticas dejen de ser eso, no me de más mentiras, sea honesto y compita con lo que tiene. Al pueblo, ya no más pan y circo, al pueblo bienestar y progreso.
Atentamente, el agricultor que ve desde primera fila cómo se le escapa la vida en un pedazo de tierra seca


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