UN SUPERCAMPEÓN DE CARNE Y HUESO

viernes, 23 de marzo de 2012


Jonathan Espericueta mantiene la mirada fija en la portería. Tú, atento, buscas ganarle la posición al defensor alemán. Es jueves 7 de julio y el calor abrasador de Torreón adereza una semifinal de campeonato del mundo. El reloj anuncia que al partido le faltan quince minutos para terminar y la selección de Alemania vence a tu equipo 2 – 1.

Espericueta se prepara y dispara desde la esquina. El balón viaja haciendo una curva que culmina dentro de la red protegida por el guardameta alemán. Es gol olímpico, pero no lo ves ni lo celebras, porque cuando intentas rematar de cabeza te estrellas con Samed Yasil. Caes fulminado, rápidamente te llevas las manos a la cabeza y las ves llenas de sangre. Quieres llorar, sientes miedo, te ves en camilla con muchas personas alrededor atendiéndote. Tu cabeza quiere explotar.




Mantienes los ojos cerrados y únicamente percibes los gritos de la afición que alienta emocionada. Despiertas, tu cabeza late fuertemente. De la sangre surge el héroe que le da el pase a México a la final del campeonato. Vences el miedo y entonces saltas, de chilena hundes el balón en la red y anotas el gol de la victoria. Ahora ya puedes llorar, por tus mejillas bajan lágrimas de emoción.

Marco y Luis Edmundo te miran entrenar detrás de una malla. Tres meses y trece días han pasado desde aquella tarde heroica que ha quedado grabada en la memoria estos niños de diez años, que viéndote correr en las canchas de la Universidad del Futbol, sueñan con ser futbolistas.

En mis tiempos vi una serie japonesa de televisión llamada Los Supercampeones que narra las aventuras de jóvenes promesas del futbol japonés - un país, que al igual que México, no es considerado una potencia en el orbe – que logran triunfar a nivel internacional en este deporte. Marco, Luis Edmundo y los demás niños mexicanos vieron a su selección coronarse campeones ante rivales de gran envergadura como Brasil, Uruguay y la misma Alemania. Son Supercampeones de carne y hueso, viviendo aventuras – como la antes narrada – en la realidad. Ellos ya no quieren ser un Oliver Atom o un Steve Hyugga, sueñan con ser como Julio Gómez o Carlos Fierro.



Marco y Luis Edmundo te gritan. Tú, protagonista de aquel capítulo memorable, con una seña les dices que terminando de entrenar estarás con ellos. Por mientras continúas alimentando tus sueños en el centro de Alto Rendimiento Tuzo (ART) de la Universidad en Pachuca; tu casa desde que tienes 14 años.

Hoy, 20 de octubre, las canchas están de fiesta. Cientos de niños y adolescentes de toda la República, como los que te esperan, han llegado a probarse y así obtener un lugar dentro de las fuerzas básicas de Pachuca, algo que tú, con mucho esfuerzo y dedicación lograste hace tres años.




Las pruebas terminan. Las ilusiones de los jóvenes futbolistas se tambalean: la mayoría de ellos regresará a su casa a seguir jugando en ligas locales. Algunos pocos se quedarán en Pachuca y aún menos alcanzarán la Primera División. Eso tú ya lo lograste, fue aquél 22 de enero de 2011, cuando – con apenas 16 años – pisaste una cancha de la máxima categoría de la Liga Mexicana en el mismo estadio donde meses después te convertirías en héroe.

El primer equipo se prepara para el partido de Liga contra el Pumas el próximo sábado en el Estadio Huracán. Los gritos de Calero se convierten en el tenor principal del entreno. El portero de los Tuzos durante casi diez años se despedirá del futbol. Su carrera ha llegado al final, mientras la tuya apenas comienza. A pesar de no entrenar con ellos, eres una de las figuras más solicitadas en el equipo hidalguense.

Terminas de hacer trabajo físico con tus compañeros de la sub-20 del Pachuca, te diriges al gimnasio para continuar con tus trabajos de rehabilitación que te permitan pronto volver a las canchas. Marco y Luis Edmundo sonríen emocionados, su Supercampeón  se acerca a ellos sonriente. Ya no llevas aquélla venda en la cabeza, como en el mundial infantil, pero aún sin ella te reconocen, tu sonrisa y mirada siguen igual: cargadas de ilusiones para el porvenir.

Los saludas. Son de Tampico como tú. Los ves como te viste hace varios años. Les firmas sus zapatos de marca, parecidos a los que añorabas de pequeño y que ahora son tuyos. La mirada de estos niños se parece a la tuya: sueños, ilusiones, ambición y deseos de triunfar en el deporte que aman.


De pronto te ves rodeado de cientos de personas, niños, jóvenes, madres emocionadas que gritan al verte y te piden que te tomes una foto con sus hijos. Ellas quieren que sus niños sean como tú, y que logren lo que has hecho. “Sólo soy un campeón más”, piensas. Sin embargo, la fama no te descontrola, sonríes ante cada cámara, firmas toda playera o zapato, animas a los jóvenes aspirantes a futbolistas a trabajar por sus sueños.

El capítulo heroico ha quedado en la historia y como un bello recuerdo. Terminas de atender a tus fans, caminas hacia el gimnasio, quieres recuperarte pronto, porque aunque tú ya estás adentro, debes continuar trabajando intensamente si deseas llegar a Primera División y consolidarte en ella. Varios de tus compañeros mundialistas lo han logrado, pero eso no te desespera, sabes que pronto llegará tu momento.

Tu figura se pierde entre los edificios de la Universidad del Futbol. Marco, Luis Edmundo y sus amigos te siguen con la mirada. Se quieren ver en ti. Eres su ídolo, su modelo a seguir, su Supercampeón, y ahora que te han visto, te han escuchado y te han tocado, saben que los héroes si existen, que son reales, y que ellos, con mucho esfuerzo, también puede ser héroes como tú.

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